Asesinato en la estación de Rocksburg – K. C. Constantine

Revisado

“Verdaderamente, una de las más sensibles novelas de los últimos años. A su suave manera, es una historia con una tremenda carga emocional”.

New York Times Review

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“Sobre todo, Constantine ha creado personajes bien caracterizados: Está el jefe de policía, Mario Balzic; su carismático compañero de copas el sacerdote Mazzo, y un abogado griego, Mo Vulcanas, quien cuando está sobrio es el mejor profesional de los alrededores. Una combinación ganadora”.

Nota

K. C. Constantine es un pequeño misterio para los fans norteamericanos. Autor de cinco novelas, todas ellas publicadas entre 1972 y 1975, el autor, K.C. Constantine (¿qué significan la K y la C?), desapareció del ambiente literario tal como había aparecido. No había fotos suyas, no había concedido ninguna entrevista, no había firmado públicamente libros, no era conocido por sus editores, que trataban con un intermediario…

Así como su carrera literaria resultó muy extraña, lo fue también su recepción por los lectores y la crítica especializada. Sus libros no se comportan comercialmente como el resto del material del género. Iban vendiéndose lentamente, preferidos por pequeñas librerías, por circuitos comerciales secundarios, logrando críticas elogiosas en periódicos y revistas de ciudades pequeñas.

El fenómeno fue calificado por el crítico Ronin W. Winks como un portento de anonimato, y el anonimato de K.C. fue descrito como el «arte de ocupar espacio sin dejar lugar para uno mismo». Winks destacaba la ausencia de Constantine en antologías, estudios literarios, enciclopedias y ensayos, e incluso sorprendentemente en bibliotecas universitarias especializadas.

Sin embargo los libros de K.C. se vendían cada vez más. Su primera novela, Los crímenes de la estación Rocksburg, aparecida en 1972, fue tardíamente reseñada por Newgate Callendar (otro hombre oculto por un seudónimo), el padre de la crítica literaria norteamericana desde su página semanal en el New York Times Book Review, como la obra de «uno de los más sensibles autores policiacos de los últimos años». Su siguiente novela, aparecida en el 73, El hombre al que le gustaba mirarse a sí mismo, fue ignorado por la crítica mayor. Siguieron La página en blanco y Un truco como éste. Luego se anunció otro, mientras los lectores de Constantine seguían creciendo en número.


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